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Marisol en Zúrich: el arte de pertenecer a muchos mundos

— Nota de Roman Kunzmann, redactor de ©PuntoLatino. Kunsthaus Zürich, 21 de agosto 2026.

Durante algunos meses, el Kunsthaus de Zúrich abrió sus salas a una figura tan fascinante como difícil de encasillar: Marisol, nombre artístico de María Sol Escobar. Nacida en París en 1930, hija de padres venezolanos y radicada durante buena parte de su vida en Nueva York, Marisol construyó una obra marcada por los viajes, la mezcla de culturas y la búsqueda de una identidad propia.

La exposición, presentada del 17 de abril al 23 de agosto de 2026, reunió alrededor de cien obras realizadas a lo largo de cinco décadas. Sus conocidas esculturas de madera —pintadas, ensambladas con objetos cotidianos y, en ocasiones, acompañadas por moldes de partes de su propio cuerpo— compartieron espacio con dibujos, fotografías, grabados y diseños escénicos que se podían apreciar en video. Muchas de estas piezas se exhibieron en Europa por primera vez.

Recorrer la muestra fue encontrarse con personajes silenciosos que, sin embargo, parecían decir muchas cosas. Familias, celebridades, figuras políticas y representaciones de la propia artista observaban al visitante con una mezcla de humor, ironía y cierta melancolía. Bajo la aparente sencillez de la madera, Marisol hablaba de asuntos que continúan siendo actuales: los papeles impuestos a las mujeres, el poder de los medios de comunicación, el consumo, la desigualdad y quizás también la necesidad de decidir quiénes somos.
Su propia biografía revela hasta qué punto esa pregunta sobre la identidad estuvo presente en su vida. En 1956, Marisol escribió con ironía:

“I am the Venezuelan, born in France, living in Italy – that has an English car with North American plates and Swiss insurance – and they want to ask me what nationality I am …”

“Soy la venezolana, nacida en Francia, que vive en Italia, tiene un automóvil inglés con placas norteamericanas y un seguro suizo, y todavía quieren preguntarme cuál es mi nacionalidad…”.

La frase parece escrita para el público de un país como Suiza, donde tantas personas viven entre diferentes idiomas, nacionalidades y experiencias migratorias. También puede resultar especialmente cercana para quienes, procedentes de América Latina, hemos construido aquí una nueva vida sin dejar atrás nuestras raíces. Como Marisol, muchas veces descubrimos que nuestra identidad no cabe en una sola palabra ni corresponde exclusivamente a un lugar.

Aunque alcanzó gran fama en el Nueva York de los años sesenta y mantuvo una estrecha amistad con Andy Warhol, Marisol nunca terminó de encajar en el relato tradicional del Pop Art. Su condición de mujer, su origen latinoamericano y una obra que combinaba influencias diversas hicieron difícil clasificarla dentro de un movimiento dominado por hombres. Con el paso del tiempo, esa singularidad contribuyó a que su trabajo quedara injustamente relegado. La retrospectiva del Kunsthaus Zúrich permitió devolverle el lugar que merece y redescubrirla como una creadora independiente, original y profundamente contemporánea.

En ese sentido, presentar su obra en Suiza resultó especialmente significativo. Marisol vivió entre Venezuela, Francia, Italia y Estados Unidos, y su arte, al igual que su identidad, nunca perteneció por completo a un único territorio. En una sociedad suiza marcada por la convivencia de idiomas, nacionalidades y culturas, su historia encuentra una resonancia particular. Incluso aquel inesperado “seguro suizo” mencionado con ironía en su diario se convierte en un pequeño puente entre la trayectoria cosmopolita de la artista y el país que acogió esta importante retrospectiva.

La exposición fue, por tanto, mucho más que la recuperación histórica de una figura olvidada. Fue una invitación a mirar de nuevo a una artista latina que hizo de su imposibilidad de encajar una fuente de libertad creativa. Con la madera, el silencio y el humor como instrumentos, Marisol cuestionó las convenciones artísticas y observó críticamente la sociedad de su tiempo. Desde Zúrich, su obra volvió a recordarnos que no siempre tenemos que elegir un solo lugar al cual pertenecer: a veces, nuestra mayor riqueza consiste precisamente en habitar varios mundos.

Fotografías: ©Kunsthaus Zürich

 

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