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Prensa internacional

Sobre «La Hija Cóndor» de Álvaro Olmos Torrico

«Imágenes impresionantes: amplios paisajes montañosos, un cielo que parece no tener límites […] El director Álvaro Olmos Torrico no juzga, sino que observa con atención, con respeto y un cariño palpable por el mundo que retrata».
SRF Kultur, Ann Mayer

«Una película hermosa y, al mismo tiempo, realista, con precisión etnográfica y una mirada clara hacia todas las inevitables distorsiones y cambios de nuestro mundo. Y con dos protagonistas que no se olvidan fácilmente.»
Sennhausers Filmblog, Michael Sennhauser

«El director Álvaro Olmos Torrico rechaza una visión simplista en blanco y negro y muestra en *La Hija Cóndor* las opciones que se le presentan a Clara, con todas sus ventajas y contradicciones.»
kulturtipp, Hans Jürg Zinsli

«Álvaro Olmos Torrico deja que Clara, en ‘La Hija Cóndor’, siga su curiosidad.»
P.S. Zeitung, Thierry Frochaux

«El director Álvaro Olmos Torrico despliega, en cuadros impresionantes, una historia discreta e intensa sobre la identidad y el valor de seguir la propia voz.»
Aaku

«La película destaca por sus impresionantes tomas de los Andes, sus luces coloridas y sus paisajes cambiantes.»
Phosphor Kultur, Michael Bohli

«Esta tranquila reflexión impresiona y conmueve por su estilo narrativo sereno, sus imágenes que parecen cuadros y sus actores y actrices no profesionales, que irradian naturalidad con su interpretación sin artificios.»
Filmnetz, Walter Gasperi

«Una película entre los cantos sagrados de los Andes y el sueño de otra vida.»
arttv

«Una historia entre la tradición, la espiritualidad y el conflicto cultural.»
Swissinfo

«El poder de una cosmovisión que se resiste a desaparecer.»
Opinión Bolivia

«Las imágenes se captan con una sensibilidad infinita.»
Mediapart

«Una fábula contemporánea sobre la pertenencia, el legado y la resistencia cultural.»
Cinemagavia

«Una experiencia que nos invita a aproximarnos al mundo andino con otros ojos, no solo para cuestionar su patriarcado dañino sino también para revalorizar el aporte de sus mujeres a la cultura, a la salud y a la vida.»
Cinencuentro

«La película combina una intensa sensación de lugar con el drama quechua, capaz de llegar al público de todo el mundo».
Variety

«Gracias a su esmerada realización, la película destaca no solo como retrato cultural, sino también como una tranquila reflexión».
Next Best Picture

«Los planos generales de las montañas contrastan con la intimidad de las escenas de parto, en las que los cantos tradicionales crean una atmósfera casi mística».
Le Point

 

Matronas entre dos mundos

por Niels Walter – Trigon-film
(traducido del francés por PuntoLatino)

Clara, una adolescente quechua, crece en un pequeño pueblo enclavado en las alturas de los Andes. Su madre adoptiva, una comadrona [matrona, partera] de edad avanzada, la forma para que ella asuma este papel tan esencial para la comunidad. Le enseña los cantos ancestrales que, desde hace generaciones, acompañan a las mujeres durante el parto y permiten dar a luz con total serenidad. Pero las costumbres y las creencias se ven poco a poco cuestionadas por el avance del mundo moderno y la llegada de la medicina occidental. Mientras su madre lucha por retenerla a su lado para preservar las tradiciones, Clara cede cada vez más al atractivo de la gran ciudad, donde podría hacer carrera en la música.

¿Cómo debe venir al mundo un niño? ¿Qué necesita para ese primer gran esfuerzo de la existencia, cuando es expulsado del vientre cálido y oscuro de su madre hacia la luz, hacia la vida? En algún lugar de las altas mesetas bolivianas de los Andes, en Totorani, un pueblo quechua, los niños deben nacer en el hogar de su madre. Y durante el parto, una comadrona masajea suavemente al niño en el vientre con ambas manos, acompañada por los graciosos cantos de su ayudante. No se necesita nada más, y mucho menos un médico con sus aparatos y sus medicamentos. Así lo dicta la tradición.

La Hija Cóndor comienza con una nueva vida; un parto en casa, a la luz de las velas. Cuando por fin llega el bebé, los gemidos de la madre se convierten en un largo grito, que se pierde en la inmensidad infinita de los Andes, entre el cielo y la tierra. El paisaje es como un cuadro al óleo, acompañado musicalmente por el soplo del viento y el llanto del recién nacido. Esta imagen y estos sonidos, que casi podríamos calificar de primitivos, conforman el armonioso comienzo de esta impresionante película procedente de la lejana Bolivia, que abarca la vida y la muerte a pequeña y gran escala.

En el corazón de los Andes bolivianos, conocí a una comadrona quechua. Me dijeron que era la última de la región, lo que me llamó profundamente la atención. Álvaro Olmos Torrico

Sin ellas, no hay vida

Álvaro Olmos Torrico se pregunta, y nos pregunta: ¿acaso cada cultura, cada tradición, aunque lleve generaciones existiendo, es como la vida humana, condenada a desaparecer? ¿Todo lo que hay en nuestra Tierra tiene una vida limitada? ¿Y eso tiene por qué hacernos sentir melancólicos? Más vale decirlo desde el principio: afortunadamente, el director no nos lo pone fácil y no nos da respuestas definitivas. De todos modos, no las hay.

El cineasta nos lleva de viaje por su país, cuyo nombre oficial ya indica su complejidad: Estado Plurinacional de Bolivia. Es decir, varias naciones en una, una riqueza de culturas y lenguas, una coexistencia y una convivencia que conducen inevitablemente a conflictos y sumen a muchas personas en dilemas existenciales. Como es el caso de Clara y Ana, las dos protagonistas de esta película en la que las mujeres ocupan los papeles principales, desde el principio hasta el último plano. Madres, hijas, tías, Pachamama y Madre Tierra: sin ellas, no hay vida. Pero, ¿qué vida? Ese es precisamente el tema de *La Hija Cóndor*.

Tradiciones ancestrales

Álvaro Olmos Torrico nos cuenta la historia de dos comadronas, a las que la cultura quechua atribuye un papel especial, casi sagrado. ¿O habría que decir «atribuía»? Porque ellas también están abocadas a desaparecer, al igual que su oficio y sus cantos. Sin embargo, Ana es mayor y tiene mucha experiencia. Y a los partos lleva consigo a Clara, su hija adolescente, que está aprendiendo el oficio. Sin embargo, Ana no es la madre de Clara, no es su madre biológica. En esta comunidad, muchas mujeres son a la vez tías y madres, todas emparentadas de una forma u otra. Ana trabaja con sus manos, Clara con su voz delicada, casi frágil. Para un buen comienzo en la vida, se necesitan ambas. Forman un dúo muy compenetrado. La mujer madura y la joven, en armonía con las tradiciones ancestrales. Qué bonito es. Eso es lo que nos decimos.

Los niños que Ana y Clara acogen con amor nacen, a nuestros ojos, en un mundo de otra época, donde nuestra propia concepción del tiempo ya no existe, sin electricidad ni ninguno de nuestros supuestos avances y comodidades. Tras el parto, los padres pagan a la comadrona con lo que tienen a mano. Semillas, quizá un cordero o, como en la película, en el caso de Clara, una vieja radio de transistores sin pilas.

De otro mundo

Una radio. Ana ya la mira con recelo, dice que su padre tenía una en su día y que, de niña, solía escuchar, mientras se dormía, la música de aquella época. Hoy prefiere el silencio. Pero Clara encuentra pilas; quiere saber cómo es la música de hoy en día. Sentada sola en un campo, bajo el inmenso cielo, gira el botón de la radio y escucha, encantada, la voz chispeante del locutor y los sonidos de la fiesta que llegan desde la ciudad. Un mundo diferente, desconocido, llega a sus oídos. Y luego está también su amiga Flora, que ya no soporta «vivir aquí, en medio de la nada». Flora le habla de una fiesta, de un chico de la ciudad, de que allí, en Cochabamba, se puede ganar dinero. Clara no quiere saber nada. Por ahora.

La escritura de esta película ha sido un viaje intenso, lleno de investigación, y un acercamiento al paisaje. Es una historia sobre el tiempo, las miradas, el sonido y el silencio, el campo y la ciudad, la vida y la muerte. Álvaro Olmos Torrico

Pero, tarde o temprano, el conflicto existencial es inevitable: como en toda América Latina, ya sea en Chiapas o entre los huicholes de México, los guaraníes de Paraguay o los yanomami de la Amazonía, «el otro mundo» se entromete y se impone en todas partes. Incluso en las regiones más recónditas de las mesetas andinas, entre los quechuas, en la comunidad rural de Clara y Ana. El Otro, ese huésped indeseable, a menudo no es hostil, sino amistoso y benevolente, aunque casi siempre pedante, incluso paternalista. La vida moderna, los sueños, lo que se llama progreso, se presentan a veces en forma de música bailable y animada en la radio o en la plaza del pueblo; otras veces, bajo una apariencia humanitaria en un jeep de la Cruz Roja, del que bajan médicos con batas blancas que le explican a Clara, amablemente pero con claridad, que ya no se puede seguir como antes, simplemente con las manos y los cantos. Los médicos de las ciudades anuncian una supuesta buena noticia: el Gobierno quiere construir hospitales y poner en marcha una «atención sanitaria digna» para las mujeres embarazadas y toda la población local. La anciana Ana no quiere saber nada. La joven Clara lo ve y lo oye todo; guarda silencio, pero se perciben las mil preguntas y pensamientos en sus ojos, en su mente. El dilema crece. ¿Hasta qué punto se siente dividida, entre la tradición y los sueños, entre las raíces y las tentaciones?

Incluso la Pachamama

Nadie percibe la confusión de Clara más rápido que su madre adoptiva, Ana, que ya ha acogido a tantos niños en su pequeño mundo y los ha visto marcharse, al cabo de unos años. Porque para esos niños, la vida de sus padres y su lugar de nacimiento no les ofrecen ningún futuro. ¿Tampoco para Clara? Ana lo teme y ve venir la desgracia. Reacciona con violencia, de una forma totalmente inapropiada, se podría decir. Pero no puede actuar de otra manera. Y quizá, en su miedo a la pérdida, sabe exactamente lo que hace, lo que debe hacer para que Clara tenga un futuro. Sea donde sea.

Álvaro Olmos Torrico, originario de la región donde se desarrolla la película, despliega a pequeña escala todos los grandes conflictos y todas las oposiciones que nadie puede resolver por nosotros, ni siquiera la Pachamama: juventud y vejez, ciudad y campo, integración y exclusión, la sensación de estar prisionero de lo antiguo y perdido en lo nuevo. Pero también insinúa la sensación de que, en cualquier momento, todo puede dar un vuelco en un sentido u otro, una vez que se ha elegido una de las opciones en detrimento de la otra. No hace falta recordárselo a la anciana Ana. Ella está convencida de que todo pasa y todo vuelve.

Me he dado cuenta del papel fundamental que desempeñan las parteras tradicionales en los ciclos de nacimiento de las comunidades rurales. Su presencia es indispensable para la transmisión de los valores tradicionales y culturales indígenas. Álvaro Olmos Torrico

Por lo tanto, «La Hija Cóndor» no es tanto un melancólico canto de despedida a una cultura indígena ancestral y a sus «usos y costumbres», que a menudo tendemos a idealizar y romantizar en nuestro mundo moderno y frenético. Desde el comienzo de la película, una mujer en los últimos momentos del embarazo resume su existencia en pocas palabras: quiere un niño porque una mujer está condenada a sufrir.

El esplendor de la no actuación

A través de su mirada aguda y sin tapujos sobre su tierra natal, Álvaro Olmos Torrico nos dice, con sobriedad y ternura a la vez, que no existe ningún «buen tiempo pasado», que nunca lo ha habido. En ningún sitio. Y que nuestra cultura moderna no es mejor. El mero hecho de que este mensaje poco romántico nos deje a nosotros mismos sumidos en el dilema convierte a *La Hija Cóndor* en una obra maestra. Las imágenes son el alma de esta película. Con ellas se podría llenar un museo de arte. En esos planos grandiosos, por así decirlo en el seno de la naturaleza de la Pachamama, Clara, Ana y todas las demás mujeres parecen aún más pequeñas de lo que ya es su estatura. Interpretan sus papeles con tanta naturalidad y convicción que uno se pregunta: ¿cómo lo hacen?

De hecho, existe ese «no-juego». El cineasta no lo oculta: todas las actrices son no profesionales. Provienen de la región donde se rodó la película. Solo la joven Clara, interpretada por Marisol Vallejo Montaño, tiene cierta experiencia en los escenarios. En la vida real, actúa y canta en un grupo de mujeres en Cochabamba. Ella hace y vive lo que su personaje empieza a soñar en «La Hija Cóndor». Sin embargo, ella también es esa «hija Cóndor» que acompaña a los niños desde su nacimiento, guiándolos con la voz y las manos, en un vínculo sagrado con la Pachamama, la Madre Tierra, mientras el cóndor, mensajero de los dioses, planea por los cielos.

|| Trigon-Film (versión en francés) ||

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