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Michel Camilo: «La República Dominicana es el lugar desde el que escucho al mundo»

— Entrevista a Michel Camilo, por Roman Kunzmann, redactor de ©PuntoLatino. Septiembre 2026.

República Dominicana como raíz

— Maestro Michel Camilo, usted ha llevado la música dominicana a escenarios de todo el mundo. Después de tantos años de carrera internacional, ¿qué elementos de la República Dominicana siguen estando presentes, de manera consciente o inconsciente, cuando toca o compone?

— La República Dominicana no es un adorno que añado a la música: es el lugar desde el que escucho al mundo. Crecí en una familia de compositores de merengues y boleros; a los cinco años ya inventaba melodías y a los nueve dibujaba un teclado en un cartón porque aún no tenía piano. El conservatorio me dió Bach, Mozart, Beethoven, Liszt y Chopin; la calle, la radio y la familia me dieron el quintillo, el pambiche, los palos, el merengue, la clave y esa forma caribeña de entender el ritmo como algo que se vive en el cuerpo, no solo en el compás.

Cuando llegué a Nueva York en 1979 sentí una nostalgia inmensa. Fué precisamente lejos de casa cuando entendí que no quería convertirme en un pianista de jazz “mainstream” que niega su origen. Quería dominar ese idioma por completo y, al mismo tiempo, aportar lo que me hace distinto: la raíz. Por eso en el piano siempre está, consciente o no, esa percusión rítmica que aprendí incluso tocando en la Sinfónica Nacional a los dieciséis años. El Caribe puede aparecer con todos sus colores, contrastes y texturas, y cruzarse con el bebop. Pero el pulso, la creatividad, el swing tropical, la alegría y también cierta melancolía isleña siguen ahí. No los pongo: se hacen presentes en mi música.

 

Un artista latino en Suiza

— Usted ha actuado en Suiza en numerosas ocasiones y volverá a hacerlo este octubre en Zúrich. ¿Qué ha significado para usted su relación con el público suizo a lo largo de los años? ¿Hay algo particular de tocar aquí que recuerde o valore especialmente? (recuerdos en PuntoLatino) 

— Suiza ha sido, a lo largo de los años, una casa musical de una calidad extraordinaria. He tocado en Zúrich, Lucerna, Lugano, Basilea, Ginebra, St. Moritz, Winterthur; estrené material de piano solo en la Ópera de Berna; también he actuado en Montreux. El público suizo escucha con una atención casi de cámara: no va solamente a “disfrutar un show”, sino que va a entrar en la música. Eso obliga —y se agradece— a compartir lo mejor de sí mismo.

Valoro especialmente la acústica de salas como la Tonhalle y esa mezcla tan suiza de rigor y calidez. Uno siente que puede ir de la virtuosa explosión rítmica a un silencio casi clásico sin que nadie se desconecte. Y hay algo muy bello para un latino: en medio de esa precisión europea, el público se deja llevar cuando el tumbao influenciado por el merengue o el fuego caribeño aparecen. No es condescendencia; es curiosidad y respeto. Volver en octubre a Zúrich en formato de Trío con el baterista mexicano Antonio Sánchez y el contrabajista puertoriqueño Ricky Rodríguez es, para mí, reencontrar una conversación que ya tiene larga historia.

 

La música y la diáspora

— Para muchos latinoamericanos que viven lejos de sus países de origen, la música es una de las formas más poderosas de mantener un vínculo con sus raíces. Desde su propia experiencia como dominicano que ha vivido y trabajado entre diferentes culturas, ¿qué cree que ocurre cuando un latino escucha ciertos ritmos o sonidos de su tierra estando lejos de casa?

— Lo que ocurre es casi físico. Un ritmo de tu tierra no «recuerda» el país: lo reactiva en tí. El cuerpo lo reconoce antes que la cabeza. Un merengue, un pambiche, un bolero, un tumbao, una bachata, una melodía que oíste en un patio o en la radio de tu infancia te devuelven el clima, la familia, la mesa, a veces incluso a personas que ya no están.

Yo lo viví al revés y al derecho: extrañé Santo Domingo en Manhattan y, al mismo tiempo, entendí mejor quién era. Para muchos latinos en Europa la música es el pasaporte que no caduca. Es identidad en movimiento. Te permite estar aquí sin dejar de ser de allá. Y si el músico hace bien su trabajo creativo, ese instante no es solo consuelo: es orgullo, es comunidad, es una forma de decir “seguimos vivos en otro idioma, pero con el mismo corazón”.

 

Entre culturas

— Su música reúne jazz, ritmos dominicanos y caribeños y distintas influencias que ha encontrado a lo largo de su trayectoria. ¿Cómo ha cambiado su manera de entender o hacer música después de tantos años de viajar y encontrarse con otras culturas, particularmente con la europea?

— Viajar no me «globalizó» la música; me la hizo más consciente. El jazz me enseñó la improvisación como pregunta permanente: ¿cómo vamos a salir de esta? Europa me dio otra relación con el silencio, con la forma, con la sala de concierto, con el piano como orquesta. El flamenco, con Tomatito, me mostró “el quejío” como un lamento hermano del blues. La música clásica siempre estuvo: Lecuona, Gershwin, Ravel, Villalobos, mis conciertos para piano y orquesta, los directores, el rigor del fraseo.

Lo que cambió es la libertad de no elegir un solo territorio. Yo no pienso en casillas —jazz, latino, clásico— sino en un triángulo: mente, cuerpo y alma; Caribe, jazz y tradición musical de siglos. Cada cultura que encuentro me obliga a precisarme: ¿qué llevo yo que nadie más puede llevar? La respuesta sigue siendo la misma: no negar la raíz, sino dejar que converse con todo lo demás. Después de tantas millas, hago música con más oído y menos prisa por demostrar. Quiero que se sienta la técnica, sí, pero sobre todo que se sienta la vida y sus emociones.

 

Un mensaje para los lectores de PuntoLatino

— Para los lectores de Punto Latino que estarán presentes en su concierto de Zúrich este octubre, ¿qué le gustaría que se llevaran consigo después de esa noche, más allá de la música?

Me gustaría que se llevaran la sensación de haber estado juntos. No solo de haber oído un trío virtuoso, sino de haber compartido una noche en la que el Caribe y Europa se miraron de frente sin pedirse permiso.

Que los que están lejos de su país sientan, un rato, que el hogar cabe en un piano. Que descubran que nuestros ritmos son sentimiento, alegría, cultura y raíces. Y que todos salgan con una pregunta más linda que cualquier aplauso: ¿qué parte de mí también viaja cuando escucho la buena música?¡Nos vemos en la Tonhalle!

— ¡Gracias maestro Camilo!

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